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Carta al Escritor del que me enamoré

Tumba de Oscar Wilde en París

París,  Junio 2020 

Hola. No sé ni cómo empezar a escribirte esto. Conociéndote, como te conozco, posiblemente lo tomarías como un gesto infantil e innecesario. Pero me he empeñado en venir a verte, en venir a decirte lo que tengo que decir. 

Primero que nada, te pido perdón por haber venido a verte tan tarde, he pasado más de un año en la misma ciudad y apenas, a una semana de regresar a mi país, vengo a visitarte. No fue mi intención, el trabajo me consumió, ah, y además, viví encerrada tres meses por que actualmente el mundo está viviendo una pandemia debido a un virus llamado Covid-19. Conociéndote, como te conozco, sé que te importaría poco si viniera a verte o no, pero eso no cambia el hecho de que venir aquí, a sentarme a tu lado hoy, fue el primer impulso que sentí cuando el gobierno retiró el confinamiento obligatorio.  Debo admitir que la alcaldía de París ha puesto más empeño en cuidarte. La última vez que vine a verte, hace años, tu tumba estaba hecha un desastre; con flores marchitas, besos pintados en el cristal y tantas personas yendo y viniendo. Hoy, luce más limpia; creo que también se debe a los efectos de la pandemia que te comentaba. Hoy sólo existen unas cuantas rosas marchitadas al pie de la lápida, una señora vigilante, que por la mirada que me lanza sé que piensa que estoy loca por sentarme aquí a tu lado, y yo. Sólo tú y yo.  Agregando a mi disculpa, quise traerte flores, pero todo está cerrado. ¿Puedes imaginar a París envuelta en un silencio total y un vacío recorriendo sus calles? Así han sido los últimos días. 

En fin, no quería regresar a mi país sin venir a sentarme a platicar contigo hoy. Conociéndote, como te conozco, sé que yo no te agradaría, no; me encontrarías ordinaria, sin gracia o belleza, y a pesar de eso, a nadie le debo más que a ti. He venido hoy, a entregarte mi historia. Porque si no puedo contarte hoy todo, nunca podré hacerlo. 

Me he envuelto, año tras año, en historias interminables que no consigo concretar. Aún recuerdo la primera vez que supe que quería dedicarme a contar historias. Tú tuviste que ver con eso. Incluso antes de que supiera leer, mi padre me contaba tus cuentos. Pasé tantas noches escuchando El Gigante Egoísta. Fue hasta mis cinco años, cuando un día mi padre me regaló lo que sería mi primer libro: una antología de tus mejores cuentos. Recuerdo que aún no sabía leer, pero disfrutaba mucho pasar mis dedos por aquellas hojas de historias. Entonces, supe que quería escribir. 

Hoy, sentada aquí a tu lado, te vengo con el dilema de mi vida. Una vez a mis cinco años decidí que quería dedicarme a escribir historias. Sin embargo, hasta la fecha de hoy, no me dedico a eso. Sí, creo historias —en cierta medida—. Soy publicista, me dedico a crear historias para las marcas que me contratan. ¿Aburrido no? Seguro lo encontrarías motivo de burla. Pero de esto vengo a hablarte hoy. Te confieso que hay una fuerza gravitacional que me sigue inclinando a escribir. En ningún momento soy más feliz,  que cuando me encuentro materializando las palabras que tengo en mi mente. Me he visto envuelta en un sin fin de alternativas, de posibilidades para mantener mi vida adulta y vivir al día, pero ninguna me ha llenado. Me alejé de la literatura, pero la literatura nunca me ha dejado. Es como si viniera integrada en mi sangre. Tú hiciste esto. Hasta este momento no sé a la perfección cómo lo hiciste, pero sé que fuiste tú. Más que Poe, más que Saint-Exupéry, fuiste tú. Tú, indirectamente, me inculcaste en el mundo de la literatura. ¿Sabes? Cuando me siento triste leo La Importancia de Llamarse Ernesto, cuando me siento nostálgica leo El Ruiseñor y La Rosa, cuando me siento perdida leo Dorian Gray, y tengo la creencia que ellos existen, que todos tus personajes y diálogos, de una u otra forma existen en lo que escribo. Inconscientemente te llevo en mis palabras. Me di cuenta de esta realidad cuando empecé a leer a Homero, por mis tiempos de preparatoria y, envuelta entre las historias de Aquiles y Odiseo, comencé a imitar la prosa griega. ¿Curioso no? Fue así que me di cuenta, que todos mis escritores de preferencia vivían en mí; fluían a través de mis palabras. No estoy alegando que mis textos sean imitaciones o plagios, no, son móviles mutantes, que con los años van optando por nuevos matices y giros, conforme haya vivido, conforme haya leído. Una parte de mí, cree que la literatura siempre ha vivido en mí, que tú la despertaste, y que todos los demás (llamemos desde Homero hasta Murakami) la han ido alimentando a lo largo de los años. Porque yo soy lo que escribo, y ustedes están en lo que escribo. Para mí la literatura es esto, una mezcla entre el llamado interno —ese que arde dentro, como un cosquilleo inquieto— que me orilla a escribir y todos los escritores que alguna vez he amado. La literatura, me ha traído aquí hoy, y tú me la presentaste por primera vez. Por este motivo, quería venir a verte. Si he de decidir mis siguientes pasos, tienen que ser aquí. 

Como mencioné antes, tengo historias que no he conseguido concretar, pero viven y palpitan dentro de mí. Aún hoy siento una necesidad constante de dar vida a mis personajes. Tal vez, en algún futuro alguien pueda escribirme una carta a mí, como yo lo estoy haciendo hoy contigo. ¿Crees que soy ridícula? A esta altura, sin duda, no sabría predecir qué pensarías de mí. Desde que llegué a París supe que tenía que vivir este momento aquí contigo. Sabía que si me iba a decidir a seguir escribiendo sería aquí junto a tu tumba. 

Hoy es un lindo día, bueno, he pasado tantos días encerrada que este me parece de maravilla. Está cayendo una ligera lluvia de verano, lo cual es usual en París, hay poca gente en las calles, el transporte público es escaso, los negocios están cerrados. París se ha vestido de un velo ceniza que a veces nubla la vista al andar. Es por los tiempos que estamos viviendo. Y en estos tiempos, en este día, vengo a decirte que quiero seguir escribiendo, que voy a seguir escribiendo. Que un día, en unos cuantos años, vendré a dejarte mi primera novela publicada, así como hoy te vengo a dejar esta carta —que sé que la señora vigilante tirará al momento de irme de aquí—. 

Termino este escrito para agradecerte. Así llegases a encontrar este gesto un poco infantil, sé que no te resistirías a leer mi carta, por eso gracias. Nos veremos en un futuro. Tal vez te pueda contar más historias. 

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Regiomontana, amante de las letras y los caminos.

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