Luna Errante
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El Monasterio de St. Michel

Como una isla varada en el tiempo, resguardada por una marea invisible y un campo de ilusiones. Desde que leí por primera vez de aquel mágico lugar soñé con visitarlo, esa pequeño pedazo de mundo aislado del reloj.

Caminar por las calles del Monte de St. Michel es entrar en un campo imaginario donde todos los cuentos de hadas se hacen realidad.

A primera vista parece una misión imposible subir los escalones del Monte para llegar al Monasterio, pero conforme vas recorriendo los callejones tu noción del tiempo y espacio se van perdiendo, por lo que llegarás a la cima sin darte cuenta, y entre más avanzas el paisaje se vuelva más impresionante.

Debo de admitir que nunca en mi vida he sentido tanta paz como entrar, y escuchar, en el Monasterio. La brisa del mar se adueña del lugar, colmando las paredes de un frío extraño, de esos que no dejas de sentir, pero no te calan ni estorban. El canto de las gaviotas se vuelve cada vez más fuerte y nunca te avandona, sin importar en qué parte del Monasterio te encuentres.

Me enamoré de cada callejón de ese mágico lugar, de sus paredes, vitrales, de su brisa del mar, sus aves que adornan el lugar, de su infinito horizonte y de su encanto perdido en el tiempo. Visitar el Monasterio de St. Michel ha sido una de las experiencias más maravillosas de mi vida.

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