Luna Errante

Las Estrellas en el Mar de Nápoles

Nápoles parecía una buena idea. Cuatro mexicanos, dejamos los cuartos de hotel, cargamos las maletas en el automóvil alquilado y con un mapa en mano cruzamos las carreteras de Italia rumbo al golfo de Nápoles.

No recuerdo mucho del camino, no soy una persona de carretera; el movimiento del carro tiende a arrullarme, pero la ciudad, la ciudad era una mezcla de color café, naranja y azul; un vaivén de motocicletas que me hicieron temer por mi vida y un mar azul. Lo que más recuerdo de Nápoles es que en verdad parecía una buena idea.

Aparcamos el auto –rentado– en algún parquímetro para poder recorrer la ciudad con calma. Fue en ese instante cuando comprobé que los italianos, especialmente los de Nápoles, manejan con la prisa siguiéndoles constantemente y que, si tú no tienes cuidado, posiblemente choques con una moto (o un auto). La gente de la ciudad es cálida como su clima y la comida, eso sí, la comida es una de las más deliciosas que he probado en la vida. Recorrimos las calles hasta que anocheció y perdimos el rastro de nuestros propios pasos. Lo que parecía una buena idea se convirtió en una búsqueda del automóvil –rentado– por las calles napolitanas. Eso sí, si la ciudad es hermosa de día, de noche se convierte en un poema, vestido de luces y música, del sonido de las olas chocando contra las rocas de los rompeolas. Cuando perdimos la noción del tiempo, y del espacio también, nos acercamos a un pequeño puerto que encontramos por ahí. Parecía buena idea acercarse un poco a la orilla para sumergir los pies cansados, pero cambiamos inmediatamente de opinión cuando vimos el agua oscurecida por la noche. Sin embargo decidimos quedarnos ahí, a la orilla del puerto junto al mar. En ese momento, Nápoles era la mejor idea; la noche era tan oscura que todo lo demás brillaba por su cuenta, las estrellas alumbraban un cielo que parecía fundirse con un mar infinito y las luces de los barcos anclados en el puerto se disfrazaban de estrellas que extendían el manto nocturno del firmamento. Lo último que recuerdo de esa noche fue ese baile de luces. Cuando desperté, el sol ya estaba sobre mi cabeza, tenía un dolor de espalda que me calaba en cada movimiento y me sentía tan sucia como si me hubiera quedado dormida en el suelo, bueno, sobre la madera del puerto.

Con la luz del día encontramos el camino de regreso al automóvil –rentado– y con él, encontramos una multa por parquímetro vencido, era de esperarse. Sí, al final Nápoles siempre es una buena idea, solo te recomiendo no perder el carro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: